Japón

Teníamos en este blog una tremenda deuda ¡No os habíamos hablado de Japón! Como si no hubiéramos estado ahí tres meses, y tres meses geniales…Como es una deuda que tenemos que saldar, pero tres meses dan para muchas vivencias y ahora mismo (en Sarajevo) no tenemos ni tiempo ni las notas de aquellos días, hemos hecho una entrada resumen de nuestras impresiones generales. Tal vez en un futuro hagamos una segunda entrada con anécdotas.

Japón fue una agradabilísima sorpresa. Entramos con algunas ideas preconcebidas y nos alegramos mucho de descubrir lo equivocados que estábamos en alguna de ellas. Qué miedo nos daba pensar en Nissan, Honda, Mitsubishi, Suzuki, Yamaha… Parecía que todo tuvieran que ser fábricas. Ni mucho menos, Japón tiene mucho bosque, montaña, lagos… Otra: Sí, los japoneses son respetuosos, pero también curiosos e interesantes, viniendo de Indonesia temíamos aburrirnos al no poder hablar con nadie, y no conocer el país a través de los locales, pero a nuestro paso por el país pudimos interactuar bastante. Y buenas noticias para el cicloturista, Japón NO es caro si viajas en bicicleta. Por otra parte, curiosamente, quitando los monstruos, los mangas y animes sí son un buen reflejo de Japón, Marina lo sabía casi todo gracias a shinchan.

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De Krui a Jakarta

Los últimos días habían sido mentalmente duros, entre el robo y el no poder recuperar todas nuestras cosas. Pero estar de nuevo sobre las bicis nos dio el poquito de paz mental que necesitábamos y nos hizo recordar por qué estábamos disfrutando tanto del viaje. Las cosas materiales se podían reemplazar y de nada servía darle más vueltas al asunto. La aventura continuaba.

Tuvimos dos días muy agradables por carreteras bastante llanitas, para lo que estábamos acostumbrados en Sumatra, pero por la tarde del segundo día ya volvieron las cuestas interminables y el tener que empujar las bicis, atravesando un largo tramo de jungla. Dábamos tanta pena (sobre todo Diego que iba descalzo, dado que los ladrones se quedaron  sus sandalias y que sus chanclas de baño se estaban desintegrando por momentos) que hasta en una de estas subidas una furgoneta paró y nos ofreció llevarnos hasta el siguiente pueblo. El hombre decía que aun quedaban muchos kilómetros duros y, siendo ya algo tarde y sin tener mucho tiempo para pensarlo, aceptamos el paseo. Una vez subidos nos dimos cuenta que tampoco hubiese sido necesario ya que pronto terminó la subida, pero por otro lado eso nos permitió avanzar para llegar ese día hasta Kota Agung. Llegamos allí cuando ya había oscurecido y nos comimos unos roti bakar (un dulce ligerito hecho a base de pan de molde relleno de leche condensada con chocolate, cacahuete o mermelada, untado y reuntado en mantequilla y pasado por la plancha). Esa noche dormimos en la mezquita de la estación de policía del pueblo.

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Cómo le gusta a Diego sentir el asfalto…

Continuamos nuestro camino hacia el extremo sur de Sumatra. Ese día llegaríamos ya a la última gran ciudad de la isla antes de cruzar a Java. El cielo estuvo cubierto de nubes desde primera hora de la mañana y la lluvia nos obligó a parar durante un ratito al mediodía,  ratitoque aprovechamos para comprar unas sandalias nuevas para Diego. Sabíamos que Aitor y Laura también habían llegado recientemente a Bandar Lampung y que se alojaban con un warmshower en la ciudad. A nosotros nos inquietaba un poco no tener aun donde dormir, ya que se trataba de una ciudad grande donde acampar no era una opción y sería más difícil que nadie nos acogiera por nuestra cara bonita, así que nos pusimos en contacto con ellos para ver si sabían de algún lugar donde pudiésemos pasar la noche. Sin pensarlo dos veces el chico que los alojaba nos dijo que nos podía alojar a todos sin problema en su casa, así que no nos preocupamos más.

A medida que nos acercábamos a la ciudad fue aumentando el tráfico y la entrada a la ciudad se hizo pesada. Llegamos a Bandar Lampung cuando empezaba a hacerse de noche y fuimos a cenar con Aitor, Laura y el chico que nos acogía. La casa era algo pequeña y los pobres padres del chico parecía que no sabían bien de donde había salido tanta gente extraña y sudorosa, pero nos dieron una bienvenida agradable de todas formas. Después de cenar nos quedamos charlando animadamente, compartiendo más aventuras del viaje. Y en un momento dado apareció Rio. Rio era un miembro de la comunidad ciclista indonesia que se había enterado de nuestra presencia en la ciudad a través de otro ciclista que había alojado a Aitoy y a Laura días atrás y que había averiguado dónde nos alojábamos en Bandar Lampung. Era un chico muy alegre y hablador, y quería ayudarnos en todo lo que pudiese. Se ofreció a llevar a Diego a la mañana siguiente a comprar radios nuevos para la bici, ya que los radios rotos empezaban a ser demasiados, y era difícil encontrarlos del tamaño adecuado. Sigue leyendo

Un robo y una familia de acogida

Como comentábamos en la entrada anterior, ese día habíamos parado al lado de una bonita playa a acampar entre cocoteros y con vistas a una pequeña isla del índico. Aunque la hospitalidad de Sumatra estaba siendo genial, también nos gusta acampar y disfrutar de la tranquilidad. Así que ahí estábamos montando la tienda al lado del mar en plena noche, y en ningún momento nos pasó por la cabeza que esa noche fuera a ser la más larga del viaje.

Alrededor de la medianoche Diego se despertó sobresaltado por un ruido. Aun estirado sobre su esterilla, pudo ver como una sombra salía corriendo desde la entrada de la tienda. Sin pensarlo, y aún sin comprender qué estaba pasando, se levantó de un salto y salió a perseguir a la sombra. Pero a los cincuenta o cien metros la sombra desapareció entre los árboles y las casas y Diego le perdió de vista. Teniendo en cuenta que el chico se debía conocer la zona y que Diego jamás había estado allí antes, había pocas posibilidades de encontrarle. Y entonces fue cuando se giró y lo vio todo. Habían vaciado por completo nuestras alforjas y mochilas. Todo lo que no se habían querido llevar estaba desperdigado por el suelo alrededor de las bicis: ropa, cajas abiertas, monederos rotos… Por suerte esa noche habíamos candado las bicis, de no ser así se lo hubiesen llevado todo. Diego volvió a la tienda y despertó a Marina que con el ruido de las olas rompiendo en la playa no se había percatado del ruido. “Marina, nos han robado. Pero nos han robado bien”. En ese momento nos dimos cuenta de que el ladrón había llegado realmente a entrar en la tienda de campaña y que había avanzado sobre nosotros para coger el portátil que habíamos dejado entre nuestras cabezas, y que había cogido también la cámara digital. Por suerte los pasaportes y el dinero los llevábamos encima, dentro de las riñoneras. Pero, en ese momento, tener el pasaporte era lo de menos, nos sentíamos más lejos de casa que nunca antes en el viaje, miserables, y hasta nos pasaba por la cabeza coger un vuelo para el día siguiente para Barcelona. Si no fuera por qué justo el día anterior habíamos comprado los vuelos a Japón, tal vez hubiera terminado ahí el viaje.

Es muy difícil describir con palabras lo que sentíamos en ese momento, esa sensación de desolación absoluta y de no tener ni idea de cómo ni cuándo iba a ser posible librarse de ella. Era obvio que no podíamos volver a entrar en la tienda y seguir durmiendo, así que no vimos otra que pasearnos por la zona descalzos (nos habían robado hasta el calzado), entre las casas buscando movimiento, pisando hierba y barro, por la playa, buscando quizá un rastro, alguna de nuestras cosas que podía haber caído en la huída (eran tantas las cosas que se habían llevado, que alguna tendría que caerse). Pero no veíamos nada. Empezamos a caminar por la carretera. Sabíamos que no había ninguna comisaría cerca, habíamos recorrido todo el “pueblo” la tarde anterior (no más que unas cuantas casas a lado y lado de la carretera), y el siguiente pueblo grande estaba a unos 20 km de allí. No habíamos avanzado más de 200 metros por la carretera cuando vimos una moto que venía en dirección contraria y le hicimos señas para que parara. Eran dos chicos jóvenes y les explicamos como pudimos la situación y que necesitábamos ir a la policía o encontrar un sitio donde nos pudieran ayudar. Los jóvenes intercambiaron unas palabras y nos señalaron la casa que teníamos justo al lado. Ellos mismos bajaron de la moto y picaron a la puerta.

Y allí estábamos, descalzos en el portal de una casa, a la una de la madrugada, esperando a que algo o alguien nos ayudara a hacer que esa noche fuera algo menos eterna. Sigue leyendo

De Bangko a Krui

Cuando el sol aprieta con temperaturas alrededor de 40ºC y toca carretera aburrida, sin bonitas vistas, pedalear no es tan divertido. Así comenzó nuestra mañana. Y unos nuevos sonidos en la bici de Diego indicaban que ella tampoco estaba contenta. Al parar y ver tres radios de la misma rueda rotos y otros 3 a punto de partirse, nos derrumbamos un poquito más. Novatos en esto, no llevábamos ni radios de recambio, y no queríamos forzar la bici con el riesgo de partir la rueda entera. No ayudaba nada el enjambre de locales alrededor nuestro hablándonos en indonesio. A veces la extrema curiosidad que nos encontrábamos nos estresaba. Aunque nuestro nivel de Bahasa Indonesia iba mejorando día a día, obviamente no podíamos atender a diez personas hablándonos, cada uno diciendo la suya. A veces, lo único que necesitábamos era un tiempo a solas de relax, e Indonesia no es el país para eso, la verdad. Su afán por ayudar les obliga a proponer soluciones, aún y no tener ni idea del tema. Por nuestra experiencia anterior sabíamos que en ninguno de esos pueblos podíamos encontrar recambios para la bici de Diego, así que teníamos que avanzar como fuera hasta la siguiente ciudad. Y como fuera, con la bici tan precaria, quería decir autostop. En lugar de quedarnos bajo el sol abrasador en la carretera, decidimos avanzar hasta encontrar una gasolinera, dónde pensamos que tendríamos más opciones. A los veinte minutos de probar sin éxito, los trabajadores de la gasolinera ya se habían hecho amigos nuestros y nos pidieron que nos echásemos a descansar y bebiéramos algo, y ya se ocupaban ellos de ir preguntando a camioneros. No nos pareció mal plan. Pero iba pasando el tiempo y no nos decían nada, con la de camiones que paraban… Cada vez que nos ocupábamos nosotros mismos de la búsqueda tampoco teníamos éxito, y los trabajadores de la gasolinera nos aseguraban que no había pasado todavía ningún camión vacío en nuestra dirección. Por lo visto, muchos de los camiones que veíamos transportaban únicamente entre los pueblos de alrededor. Cuando empezó a caer el sol ya nos confesaron que probablemente ya no pasaría ningún camión que nos interesara aquél día, pero que a la mañana siguiente seguro nos encontraban transporte. Así que nos dijeron que estábamos invitadísimos a ducharnos y quedarnos a dormir en una habitación desocupada de la gasolinera. Normalmente preferimos encarar nosotros los problemas y no dejarnos llevar, teníamos la sensación de haber perdido la tarde dejando que los trabajadores se encargasen de nuestro problema. Pero estábamos algo bajos de moral y Marina no había conseguido recuperarse del todo de salud, así que no nos venía mal una tarde de descanso sin preocuparnos demasiado de nada. De todas formas, dudábamos que pudiéramos tener más éxito que los trabajadores de la gasolinera consiguiendo quién nos llevara. Teníamos pocas esperanzas de que nadie nos cogiera tampoco a la mañana siguiente, pero preferimos posponer un día la alternativa: arriesgarse a ir en la bici y romper la rueda. Al fin y al cabo, aunque perdiéramos un día entero en la gasolinera, si al final conseguíamos transporte hasta Bengkulu, nos ahorrábamos 3 días de bici, previsiblemente aburridos.

Pese a que nuestros amigos de la gasolinera, por miedo a decepcionarnos, nos fueran diciendo constantemente que seguro que encontrábamos algo, a la mañana siguiente nuestras predicciones se cumplieron, y tras un par de horas de resultados negativos, decidimos arriesgarnos e ir pedaleando hasta la siguiente población a 30km. Fueron 30 km en los que la mente de Diego no pensaba otra cosa que ‘va, un km más sin reventar, por favor’, pero finalmente llegamos de una pieza a Sarolangun. En vano, ya que tras preguntar en todas las tiendas/talleres de bicis de la localidad confirmamos nuestros temores: imposible encontrar radios del tamaño adecuado. La historia se repetía, después de lo que habíamos pasado ya para encontrar una cubierta… Muchos cicloturistas bautizan a sus bicicletas y tienen una relación especial con ellas, en aquél momento nosotros sólo las odiábamos y Diego había empezado a bautizar la suya como maldita bici de los… Eso sí, en Sumatra siempre, siempre, hay alguien dispuesto a ayudar, es increíble. Al vernos un señor en frente de la última tienda de bicis con el ánimo por los suelos, nos dijo que fuéramos a su casa, comiéramos, descansáramos y pasáramos la noche allí. Habiendo perdido ya tiempo en la gasolinera no nos apetecía especialmente quedarnos quietos, al fin y al cabo eso no iba a solucionar el problema, pero el hombre nos cayó bien y no pudimos rechazar la invitación. Hay que aprender a disfrutar de los sitios y de sus gentes a pesar de (o especialmente en) las dificultades.

En casa de nuestro amigo, con calma, nos encontramos con la sorpresa de que en Lubuk Lingau, la siguiente ‘ciudad’ hasta dónde esperábamos hacer autostop al día siguiente, había un warmshower. Así que nos pusimos en contacto con él, seguramente pudiera ayudarnos con el arreglo de la bici. Vaya sorpresa cuando al llamarle nos dijo (en inglés) “Ah, españoles, justo hoy hay una pareja de españoles aquí”. Llevábamos días ya que muchas veces que parábamos a comer o tomar algo nos avisaban de que unos españoles habían pasado también en bici hacía un par de semanas, luego una semana, luego hacía unos días. Finalmente habíamos atrapado a Aitor y Laura, el mundo es un pañuelo. Por desgracia nos dijeron que tampoco en Lubuk Lingau encontraríamos los radios, así que decidimos pasar la tarde y dormir en casa de nuestro nuevo amigo y probar autostop hasta Bengkulu, la próxima ciudad importante, a la mañana siguiente. Nuestro huésped era un señor muy simpático, tenía una pequeña plantación de palma, y pudimos así aprender un poco como funciona ese negocio que es tan importante en Indonesia. Aprovechamos la tarde para hacerle arreglillos a la bici bajo la mirada de todo el vecindario (obviamente con las doscientas mil fotos de rigor), y salimos a cenar y ver un poco la ciudad.

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¡Fotos, fotos!

Esperando que los arreglos de la tarde anterior aguantaran, empezamos la mañana pedaleando. Pero a los 20km ya se había partido algún radio más y nos detuvimos al lado de la carretera a parar camiones. Aproximadamente en una hora ya estábamos sentados dentro de un camión y las bicis cargadas detrás. El conductor nos explicó que le llamaban Agus Gila, o ‘Agus el loco’, y la verdad es que no nos sorprendió demasiado, un poco grillado sí que estaba, e hizo el camino cuanto menos curioso. Unos 200 km nos separaban de Bengkulu, pero eso en Indonesia quiere decir más de 5 horas, el estado de las carreteras no da para mucho más. De hecho de tantos baches que pasamos Marina cogió una tortícolis de cuidado. A las cuatro horas, mientras atravesábamos unas montañas nos cogió una tormenta, generando desprendimientos y convirtiendo la carretera en un auténtico río. No quisimos ni imaginar cómo sería estar ahí afuera con las bicis… Sigue leyendo

De Bukittinggi a Bangko

Tras más de cinco meses en la carretera, ciertos automatismos estaban más que asumidos. Con la salida del sol recojimos nuestras cosas, y en marcha. Pese a los cuidados recibidos en Bukittingi los días previos, Marina continuaba muy débil, así que agradecimos que esa mañana tocase cuesta abajo casi constantemente. En una parada a tomar algo recibimos un mensaje de M. La verdad es que al leerlo no dimos crédito. Nos preguntaba cómo estábamos y dónde, ya que celebraba una fiesta con su familia en un pueblo que nos venía más o menos de camino ese día. Todavía hoy no entendemos como no se le había acabado la hospitalidad a esa familia si sólo le habíamos causado molestias. Además un día más de descanso no le venia nada mal al cuerpo de Marina, así que aceptamos sin pensar.

Así que pasamos el día en una especie de parque acuático indonesio, bañándonos, leyendo, comiendo maíz a las brasas, hablando con curiosos, etc. Se trataba de un conjunto de piscinas seminaturales con agua desviada del río en medio de la selva, y por lo visto es algo bastante popular en la zona: estaba llenísimo de indonesios bañándose (obviamente vestidos). A la noche, cuando ya se había vaciado el sitio, fue cuando empezó la fiesta propiamente dicha a la que nos invitaba M. Él y su grupo de amigos trajeron un súper equipo de sonido y al más puro estilo batak estuvieron tocando, cantando y haciendo pescado asado hasta bien entrada la madrugada.

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Y por la mañana aún les quedaban energías, continuaba el karaoke, y siempre había alguien preocupado de que no faltara comida. Tras la comida tocaba reanudar la marcha, y por tanto despedirnos definitivamente de aquella maravillosa familia. Nos fuimos con algo de pena, pero muy contentos de poder dejar algo de nosotros con ellos, y llevarnos mucho suyo con nosotros. Salimos de allí con una lección más, otra más, de hospitalidad, hermandad y confianza.

Teníamos planeado para aquella tarde llegar a un lago que en el mapa se veía bien y buscar para dormir, pero como habíamos podido reposar, y estábamos fuertes también mentalmente, decidimos avanzar hasta la siguiente población importante, Solok.

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El lago era realmente bonito, pero no parecía fácil encontrar donde acampar

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Sidikalang a Bukittingi

Tras vaguear un poco en la habitación a la que nos habían invitado los camioneros de la noche anterior, nos fuimos en busca de S, el couchsurfer que nos hospedaba en Sidikalang. No nos fue nada difícil encontrarle ya que era conocido por todos sus vecinos. S había sido pastor en la iglesia cristiana del pueblo, pero lo había dejado años atrás al darse cuenta que desde esa posición no podía hacer mucho. Quería hacer algo para ayudar directamente a la gente que tenía a su alrededor. Tras ver que a través de ONGs tampoco podía tener la repercusión que deseaba, fundó una cooperativa para mejorar las condiciones de trabajo y comercio a los granjeros de la zona que cultivaban café, algo muy común en esa zona (Indonesia es uno de los principales productores mundiales de café). S ayudaba a mejorar la calidad del producto y se ponía en contacto con compradores en diferentes países para exportar el café de Sidikalang. Con él aprendimos cosas sobre el procesado de las semillas del café, así como sobre el comercio justo y su cara oscura. La inversión para obtener el certificado de “Comercio Justo” era demasiado elevada para la cooperativa y, a la vez, la simple ausencia de esa etiqueta les dificultaba la venta del producto con algunas empresas que la exigían.

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S nos alojó en una casita rodeada de plantaciones de café, bastante espaciosa y bonita, algo alejada del pueblo y solo para nosotros dos. Perfecta para descansar y averiguar cómo podíamos conseguir la cubierta nueva para la bici de Diego. Parecía que, definitivamente, el único sitio donde la podíamos comprar era en Medan, la capital de Sumatra. Nos planteábamos dos opciones: que Diego cogiera un bus y las comprara personalmente (unas 8 horas de trayecto ida y vuelta) o hacer que nos la enviaran a Sidikalang de alguna forma. Llamamos a una de las tiendes de Medan con la ayuda de S (ya que no entendían el inglés y los intentos previos de comunicarnos con ellos habían sido un fracaso) y nos dijeron que había la opción de enviarnos la cubierta a Sidikalang, montada en uno de los minibuses convencionales, pagándole el billete como si fuera un pasajero. Nos pareció perfecto, así podíamos quedarnos los dos allí tranquilamente esperando a que llegara. Finalmente pedimos dos cubiertas, no fuera a ser que al día siguiente reventara la otra y nos viésemos otra vez en la odisea. Así, pasamos el día en el restaurante de la mujer de S, escribiendo y mirando cosas para la ruta de los próximos días. Además, estuvimos entretenidos por unos reporteros locales que querían hacernos una pequeña entrevista para la radio y el periódico de la zona. Y por la noche ya teníamos las cubiertas que tanto había costado conseguir. ¡Por fin!

A la mañana siguiente desayunamos, como cada día, un buen café recién tostado y molido con S y su mujer. Habían sido unos días muy agradables, simplemente relajándonos, y consiguiendo además arreglar la bici después de tantos días de agobio. Ya estábamos dispuestos a arrancar para continuar el viaje cuando aparecieron los reporteros de la noche anterior. Por lo visto querían hacernos alguna foto más chula, en algún lugar representativo del pueblo. Nos llevaron a un parque turístico religioso, el Taman Wisata Iman, en el que hay representaciones de las 5 principales religiones que conviven en Indonesia, aunque hay que pagar, entramos gratis por ser estrellas internacionales.

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De Blang Pidie a Sidikalang

Habíamos sobrevivido nuestra aventura en la jungla, aunque teniendo en cuenta que no habíamos tenido que luchar con ningún tigre de Sumatra, no tenía tanto mérito. Nosotros nos sentíamos héroes de todas formas…

Pedimos a nuestro rescatador que nos dejara en la tienda de motos (no había de bicis) del pueblo (Babarot), para preguntar por cámaras y radios para la bici de Diego. Pero, como sospechábamos, nos avisaron de que nos sería imposible encontrar lo que necesitábamos allí. El hijo del taller aceptó amablemente llevar a Diego en moto al pueblo de al lado a preguntar, pero también infructuosamente. No nos quedaba más remedio que llegar, como fuera, hasta Blang Pidie, la siguiente localidad mínimamente importante, a unos 30km.

Algo chafados por las malas noticias preguntamos a la gente del taller dónde se podía comer en el pueblo, que aún no habíamos probado bocado desde que hubiéramos salido de la jungla y estábamos hambrientos. Mientras las niñas que se habían acumulado en el taller para ver a los orang bulé (literalmente ‘hombre blanco’, occidental en Bahasa) nos guiaban hasta el warung (restaurante), se nos paró una pickup y nos preguntó a dónde íbamos. Al conocer la historia dijo que ya nos llevaba él a Blang Pidie, pero que podíamos ir antes si queríamos a su casa a ducharnos y comer. Aunque nos interesaba ir cuánto antes allí y tener las bicis listas para continuar, sucios y cansados como estábamos era imposible rechazar la oferta.

Nasro era el propietario de una pequeña mina situada en las afueras del trozo de jungla que habíamos atravesado. Pero por lo visto los cambios en el precio de lo que minaba habían hecho que le dejara de ser rentable, y había reconvertido a algunos de sus mineros en carpinteros y fabricaban casitas de muñecas y otras maquetas para ganarse la vida (sí, a nosotros nos pareció igual de raro). Por lo que entendimos lo que minaba era estaño, y no sería de extrañar: es un metal muy importante, presente en todos nuestros aparatos electrónicos, e Indonesia es, junto con China, el mayor productor mundial, de hecho es muy probable que nuestros móviles tuvieran estaño indonesio. El problema es que muchas de las minas son ilegales, en las que los trabajadores ganan alrededor de 5 dólares al día en unas pésimas condiciones. En 2011 por ejemplo moría de media un trabajador a la semana en las minas de Bangka. Son, en parte, estas minas ilegales las que hacen caer el precio del estaño, lo que había hecho a Nasro paralizar ‘su’ mina.

Entre la comida, la ducha, y un poco de charleta, se nos hizo tarde para ir a Blang Pidie, y Nasro nos ofreció quedarnos a dormir aquella noche en su casa y llevarnos al día siguiente. De nuevo, con lo cansados que estábamos no nos pareció mala idea, nos merecíamos un descanso en colchón tras esos días. La casa no era realmente su vivienda, sino dónde dormían habitualmente los trabajadores. Así que era una casa grande, ahora medio vacía debido al cierre de la mina. Allí los trabajadores que todavía tenía a sueldo, reconvertidos en carpinteros, nos trataron como reyes, adecentándonos una habitación para nosotros y preparándonos las comidas, parecían bastante alucinados con nuestra gesta. Esa noche dormimos como troncos. A la mañana siguiente (Diego con unas agujetas que casi no pudo ni levantarse de la cama) cargamos las bicis en la pickup de Nasro y nos llevó a Blang Pidie. Es, sin duda, lo más peligroso que hemos hecho nunca. Si ya en general conducen bastante temerarios en Sumatra, con Nasroel no éramos capaces ni siquiera de mirar hacia adelante. Y cuando, por suerte, llegamos a Blang Pidie, obtuvimos malas noticias: no había ninguna tienda o taller en la ‘ciudad’ con cubiertas del 27, la talla de la rueda de Diego. Ahí nos vinimos un poco abajo, estábamos en la capital de la provincia y no tenían una simple cubierta de bicicleta, y peor aún no nos sabían decir dónde la podríamos encontrar. Nasro nos recomendó ir a otra ciudad, la capital de la provincia justo al norte de Blang Pidie. Pero no nos apetecía en absoluto, significaba ir justo en la dirección contraria y sin garantías de poder solucionar el problema allí. Sigue leyendo